Por Carmelo Ruiz Marrero.- El surgimiento de gobiernos progresistas en Suramérica en la pasada década brindó a los sectores ecologistas la esperanza de que sería el comienzo de un desarrollo económico verdaderamente sustentable. Pero el progresismo post-neoliberal ha traido consigo nuevas complicaciones en el frente ambiental, concuerdan numerosos activistas y expertos.

El periodo neoliberal se distinguió por el extractivismo, es decir el centrar las economías nacionales alrededor de la exportación de materias primas, como minerales, hidrocarburos y commodities agrícolas. Se hicieron numerosas críticas desde la izquierda y el ecologismo al efecto de que el extractivismo es ecológicamente destructivo y que mantiene los países del Sur global en la miseria, la dependencia y el atraso económico. Se anhelaba la transición a un modelo post-extractivista, en el que los recursos naturales se utilicen de manera racional y sustentable, principalmente para uso local y así facilitar un desarrollo económico verdaderamente nacional y “endógeno”. Las nuevas constituciones progresistas de Ecuador y Bolivia reconocen esta problematica y son post-extractivistas en orientación. En los movimientos indígenas la postura post-extractivista se ve reflejada en la filosofía de sumak kawsay, termino traducido al español como “buen vivir” o “vivir bien”.

A diferencia del neoliberalismo, en el nuevo progresismo latinoamericano o “socialismo del siglo XXI”, el estado tiene una participación mucho mayor en la economía y dirige parte de las divisas generadas a programas sociales, y además China ha reemplazado a Estados Unidos como mayor importador de materias primas. Pero aparte de eso, poco ha cambiado. En lugar del post-extractivismo lo que hay ahora es neo-extractivismo. Las actividades extractivas y la exportación de materia prima continuan como antes, pero hoy son justificadas con un discurso progresista.

“En América latina, en los países donde hay gobiernos progresistas, y en seguida saltan a la vista Venezuela, Bolivia y Ecuador, y luego otros, no se está caminando hacia una transformación estructural de los patrones de acumulación existentes históricamente en nuestra región. No hay un cambio sustantivo”, comenta el economista ecuatoriano Alberto Acosta, ex-ministro de minas y ambiente. “Ya no es el neoliberalismo tradicional, pero seguimos dentro de la lógica extractivista. La forma de producción sigue estando sobredefinida por los productos primarios que exportamos, algunos son recursos minerales, otros son petroleros u otros recursos primarios, pero no hay un cambio de la modalidad primario-exportadora de este extractivismo y tampoco se está cuestionando nuestra forma de inserción sumisa en el mercado internacional.”

Sostiene Acosta que “no podemos hablar de cambio estructural, lo que se ha hecho es una reconversión del viejo extractivismo a un neoextractivismo o el extractivismo de siglo XXI, donde el Estado tiene una mayor participación en la renta minero-petrolera, donde el Estado controla de alguna manera la actividad de las empresas transnacionales, donde hay una mayor distribución de los ingresos provenientes de esas exportaciones a través de una política social bastante sostenida, pero que no deja de ser paternalista y clientelar, y ahí llegamos a otro elemento importante: se ha mejorado la inversión social pero no se está cambiando el patrón de acumulación y concentración de la riqueza, sino que se están distribuyendo, a través de la política social, los excedentes disponibles en tanto países productores y exportadores de materias primas.”

Bajo el neo-extractivismo, “el objetivo del desarrollo nacional, como ‘desarrollo endógeno’, se pierde; la autonomía frente a los mercados globales se desvanece. Las industrias nacionales no se recuperan, en varios casos se reducen”, dice el economista uruguayo Eduardo Gudynas, secretario ejecutivo del Centro Latinoamericano de Ecología Social. “Bajo ese estilo de desarrollo, el empleo generado es insuficiente, la productividad es suplantada por mayores volúmenes exportados, y la presión sobre los recursos naturales aumenta, y con ello, los conflictos sociales. Ingenuamente se espera que la pobreza se reduzca como consecuencia de las exportaciones… esperar que las exportaciones de materias primas resuelvan todos nuestros problemas es ingenuo y carece de fundamento. Sigue siendo necesario generar estrategias de desarrollo endógenas y autónomas.”

“América Latina tiene por delante un desafío enorme en materia ambiental”, señala Ignacio Sabbatella, catedrático de la Universidad de Buenos Aires. “A pesar de los cambios políticos profundos suscitados en la región en la última década, los gobiernos progresistas no han podido desembarazarse del rol asignado en la división internacional del trabajo y en algunos casos lo han profundizado.”

“Además de los impactos negativos sobre la naturaleza, se agrandan las desigualdades ambientales en las regiones donde abundan riquezas. No casualmente sino causalmente, se multiplican los conflictos ambientales donde es común encontrar poblaciones locales, campesinas e indígenas enfrentadas a transnacionales petroleras y mineras o resistiendo el desplazamiento que imponen los monocultivos”, plantea Sabbatella, quien junto a Gudynas es colaborador del blog ‘Marxismo Ecológico’. “Los megaemprendimientos de minería a cielo abierto se multiplican por decenas pese a las consecuencias negativas para el medio ambiente y la salud de las poblaciones aledañas. La soja transgénica sigue ampliando su frontera, a costa de poner en riesgo la soberanía alimentaria nacional y a costa de la contaminación con agroquímicos.”

Otros son mucho más severos en sus críticas, como es el caso del Grupo de Reflexión Rural (GRR) de Argentina: “Hoy rige el más crudo desarrollismo en los gobiernos progresistas desarrollistas de América Latina… se impone el extractivismo y el productivismo, que no comprenden que el peligro son las corporaciones transnacionales y de esa manera se hacen funcionales a los mercados globales y al crecimiento de China como gran potencia, subsidiada por la sobre-explotación del trabajo de nuestros pueblos y además, por nuestras materias primas. Estamos convencidos que a los mercados globales los discursos subidos de socialismo bolivariano o cómo sea, los tienen por lejos sin mayor cuidado.”

Según Jorge Rulli, portavoz del GRR, en el llamado ‘socialismo del siglo XX’ “se defiende al extractivismo, que suele dar lugar a las inversiones extranjeras y a priorizar el productivismo frente a las demandas locales de preservación de los bienes naturales, bajo el axioma de que para solucionar el tema de la pobreza debemos primero hacer crecer la torta… y ese ‘mantra’ lo repite de igual manera Correa en Ecuador, Pepe Mugica en Uruguay o Cristina K en la Argentina.”

Por ofrecer un solo botón de muestra, tenemos los planes del gobierno del presidente boliviano Evo Morales de establecer pozos petroleros en áreas pobladas por indígenas y de gran sensitividad ecológica, como la selva amazónica y el Chaco.

“Bolivia, con más de un siglo de historia petrolera y siglos de condena por la política extractivista de sus recursos, renueva su apuesta entregando sus tierras más ricas y bien conservadas del país a las transnacionales petroleras”, denuncia el investigador catalán Marc Gavaldà, autor de ‘Las Manchas del Petróleo Boliviano’ y creador del documental ‘Patagonia Petrolera’.

Esta invasión petrolera tiene un amargo sabor a ironía, considerando los pronunciamientos y posturas del presidente Morales en foros internacionales, como las convenciones sobre cambio climático en Copenhague 2009 y Cancún 2010, y la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, convocada y organizada por el propio gobierno de Morales y llevada a cabo en la ciudad boliviana de Cochabamba en abril de 2010.

“La nueva ofensiva negra, adornada con los más repetidos argumentos de progreso económico para el país, sirve en bandeja millones de hectáreas de áreas protegidas amazónicas y chaqueñas, así como los últimos territorios indígenas sin invadir para que las nuevas ‘socias’, – con capital y domicilios deslocalizados – machaquen el territorio en la actividad más nociva del planeta”, advierte Gavaldà. “Que el gobierno boliviano siga apostando por el ingreso de más corporaciones petroleras en su territorio, facilita también que se agudice la sensación de impunidad reinante para estas compañías, que hasta el momento, han eludido con satisfacción cualquier intento de ser enjuiciadas.”

Para quienes se oponen al extractivismo- con o sin el prefijo ‘neo’- desde una perspectiva ecologista y anti-capitalista, el post-extractivismo se perfila como alternativa. Pero según Gudynas, hay sectores que participan del debate pero que no entienden los conceptos del post-extractivismo y el sumak kawsay:

“Desde un extremo hay críticas conservadoras, con un retrogusto neoliberal, que consideran todo esto como meras reivindicaciones indigenistas, que fomentan la haraganería y llevarían a nuestros países al atraso. En el medio están unos cuantos académicos, en especial en la economía, quienes ven esta problemática como muy alejada de sus cátedras o investigaciones. Finalmente, desde otro extremo, se lo reduce a meros planes asistencialistas, tal como acontece en Venezuela, con una tarjeta plástica gubernamental, idéntica a una de crédito, pero que tiene una etiqueta sobre el vivir bien.”

Explica el economista uruguayo que “nadie postula regresar a sociedades de cazadores recolectores viviendo en la selva, sino que se exige poner el centro de atención en la calidad de vida de las personas, y no en el aumento del PBI. No es un slogan alejado de una reflexión rigurosa, sino que poco a poco se nutre de bases conceptuales complejas, que incluyen aportes que van desde la economía post-material a la antropología ecológica. Tampoco se desprecia el saber tradicional, sino que se apoya en él con respeto e incorpora sus lecciones, como pueden ser sus prácticas agroecológicas o la reciprocidad. De la misma manera, el Buen Vivir es mucho más que pagar bonos asistencialistas, ya que reclama cambios profundos en las dinámicas económicas, las cadenas productivas y la redistribución de la riqueza.”

Por su parte, Acosta aclara que el post-extractivismo no significa rechazar la explotación de recursos naturales sino de “establecer los límites biofísicos de la explotación, llegar a la sostenibilidad, eliminar la pobreza y su causa que es la opulencia”, y avanzar hacia un economía post-petrolera. “El petróleo se está agotando y dadas las crecientes tasas de consumo no podremos seguir siendo países exportadores de petróleo”.

Según Gudynas, es imperativo participar del debate, y sería un gran error abandonarlo. “Algunos actores de la sociedad civil enfrentados con un gobierno, abandonan los espacios de debate sobre el Buen Vivir, al entender que éste tema ha sido acaparado y controlado por agencias estatales. Sus discrepancias se expresan en abandonar el debate. Como espejo de esta situación, hay actores gubernamentales que parecería que ya todo lo saben y no toleran la crítica, y de ese modo cercenan el diálogo con la ciudadanía, sin ofrecer oportunidades para avanzar colectivamente en la construcción del Buen Vivir.

“La transformación política y social es condición ineludible hacia la planificación democrática de la explotación de los bienes naturales y del cuidado del medio ambiente”, aconseja Sabbatella. “Ello requiere también una transformación cultural que estimule una democracia cada vez más participativa. Finalmente, aun con buenas intenciones, la transición a una sociedad ecológica es una utopía si no se cuestionan y trastocan los fundamentos de la producción y reproducción capitalista.”

Carmelo Ruiz Marrero es un periodista ambiental independiente y analista ambiental del Programa de las Américas del CIP (www.cipamericas.org), un becado (fellow) del Oakland Institute y (senior fellow) del Environmental Leadership Program, además de fundador y director del Proyecto de Bioseguridad de Puerto Rico (bioseguridad.blogspot.com). Su página web bilingue (carmeloruiz.blogspot.com) está dedicada a asuntos globales de ambiente y desarrollo.

FUENTES:

Verónica Gago y Diego Sztulwark. Entrevista a Alberto Acosta. Página 12, 10 de enero 2011. http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-160169-2011-01-10.html

Marc Gavaldà. “La amnesia petrolera en Bolivia”. Rebelión, 4 de diciembre 2010. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=117926

Eduardo Gudynas. “Buen Vivir, un necesario relanzamiento”. Acción y Reacción, 16 de diciembre 2010. http://accionyreaccion.com/?p=315

Eduardo Gudynas. “Exportando Recursos Naturales, Otra Vez”. Acción y Reacción, 21 de enero 2011. http://accionyreaccion.com/?p=319

Jorge E. Rulli. “Modelos alternativos y alternativas al modelo”. 24 de junio 2010. http://horizontesurblog.blogspot.com/2010/06/modelos-alternativos-y-alternativas-al.html

Jorge E. Rulli. Carta abierta los amigos de EnREDando y de Nodo Tau de la ciudad de Rosario. Diciembre 2010. http://carmeloruiz.blogspot.com/2010/12/la-realidad-argentina-carta-del-grr-la.html

Ignacio Sabbatella. “Latinoamérica ante la crisis ecológica global: un problema de fondo”. 5 de agosto 2010. http://www.biodiversidadla.org/Principal/Contenido/Documentos/Latinoamerica_ante_la_crisis_ecologica_global._Un_problema_de_fondo

Servicio de Noticias Ambientales (SENA). “Despilfarran la renta petrolera y minera en una ‘bonocracia clientelar’”. SENA, 1 de septiembre 2010. http://fobomade.org.bo/bsena/?p=906

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