Contra la solución propuesta en el Protocolo de Kioto, el autor del libro “El ecologista escéptico” aconseja invertir el 0,2% del PBI mundial en la investigación y el desarrollo de energías verdes

Por Francisco de Zárate

De denunciar a los científicos del calentamiento por catastrofistas a creer que el mercado de bonos de carbono no alcanza para solucionar el cambio climático. A primera vista, los últimos diez años del danés Bjørn Lomborg (46) parecen contradictorios. No lo son. En su libro, The Skeptical Enviromentalist (Cambridge University Press, 2001), Lomborg no negaba el calentamiento sino el apocalipsis que los científicos anunciaban con más morbo que datos. Tal vez sea por alejar esa confusión por lo que el actual director del centro de estudios Copenhagen Consensus Center (CCC) empieza cada entrevista con una muletilla: “El calentamiento existe, es importante y lo causó el hombre”.

La nueva lucha de Lomborg es contra la idea de que el cambio climático se puede mitigar con impuestos a los combustibles fósiles, la solución propuesta en el Protocolo de Kioto y defendida por Al Gore: “Hacer que todos paguen mucho más por la nafta es una forma muy cara de obtener muy poco. Eso de que nos vamos a deshacer de los combustibles fósiles llenándolos de impuestos es algo que no va a pasar. No está ocurriendo ni en EE.UU., ni en China, ni en India. Hasta para los europeos es difícil de implementar. Seamos realistas y aceptémoslo: es una mala idea económica y una estrategia políticamente impracticable”.

En lugar de encarecer unas energías para que crezcan sus alternativas, Lomborg cree que lo apropiado es abaratar esas alternativas mejorando la tecnología detrás de ellas. Para lograrlo, propone que el 0,2% del PBI mundial se destine a la investigación y desarrollo de energías verdes. De acuerdo con un estudio del CCC que combinó modelos climáticos con econométricos, esta solución es “quinientas veces más eficaz” que la de subir el precio de los hidrocarburos: cada dólar gastado en ella ahorraría 11 dólares en daños a las personas, las economías y los ecosistemas; frente al “par de centavos” que, según el CCC, se salvarían con la propuesta de Kioto.

­¿No es incoherente que proponga financiar esa investigación con impuestos a los combustibles fósiles?
­Las emisiones de CO2 influyen en el calentamiento y eso debe reflejarse en su costo. Hace dos años hicimos una estimación con los cálculos de más de 300 académicos sobre el daño que provocaban y nos dio un aproximado de US$7 por tonelada de CO2, es decir, US$ 0,015 por litro de nafta. Es un pequeño costo que tiene que incluirse en los combustibles fósiles. No va a cambiar en gran medida su nivel de consumo, menos de 1%, y puede usarse para financiar la investigación en energías alternativas.

­En las crisis petroleras siempre resurgen las energías alternativas, hasta que el abaratamiento posterior de los hidrocarburos las condenan al olvido, ¿cómo competir contra eso?
­La industria petrolera es un oligopolio, pero de todos modos tiene que pagar los salarios de las personas que extraen el líquido, aunque en países como Arabia Saudita esto sea muy barato. Pero es verdad que si empezamos a producir energías verdes de forma muy eficiente, el precio del petróleo va a bajar, lo que significaría que, en parte, seguiríamos usándolo.

En cualquier caso, el problema mayor no es el petróleo, que resuelve muy bien el consumo móvil de energía, o sea, el de los autos. Va a pasar mucho tiempo antes de que encontremos otra manera eficiente de alimentar los vehículos con el hidrógeno producido por paneles solares o molinos de viento. Mucho más importante que el petróleo es competir con el carbón, el principal combustible para generar electricidad en el mundo: ya es muy barato y no es probable que baje de precio.

Las energías verdes siguen siendo más caras y no siempre están disponibles en el momento en que se necesitan. Todavía hay mucho por avanzar en eficacia y almacenamiento. No podemos ser ingenuos: en los próximos 10 o 20 años, las energías verdes llegarán tal vez al 1% del total (hoy representan el 0,2%). No es mucho, pero mi tesis es que tenemos que invertir en investigación para que se abaraten tanto que todos las prefieran. De otra forma, no van a pasar de un nicho financiado por gobiernos.

­ Blanquear las nubes, una solución propuesta por el CCC, recibió muchos ataques por no resolver el problema de la acidez en los mares, ¿es el paradigma de sus críticas?
­Lo de las nubes era una respuesta parcial que sólo solucionaba el incremento de las temperaturas, nunca pretendimos que fuera la medida absoluta. Pero las curitas tienen una utilidad. Cuando te rompés una pierna no pensás: `no debía haberlo hecho’. Tratás de curarla. En todo el debate del calentamiento está presente esta idea de que debe de haber una única solución que lo resuelva todo, y el resto son medidas equivocadas. Pero esto no es realista. Ni siquiera la muy improbable meta de Al Gore, emitir en 2050 el 50% de CO2 que emitíamos en 1990, es la solución perfecta: incluso si llegamos a ese escenario de fantasía, será con un gran aumento de temperatura.

­¿Por qué necesitamos creer en una sola idea redentora?
­Creo que hay mucha culpa asociada. Junto a la comprensión científica del problema, está la idea de que hemos explotado al mundo. Ahora nos lo devuelve y tenemos que hacer penitencia. Por eso no nos permitimos una solución fácil: nos tiene que doler. Yo puedo entender esas emociones humanas, pero nuestros nietos no nos van a juzgar por lo mal que lo pasamos ni por lo lindo que hablamos sobre el calentamiento. Nos van a juzgar por lo que hicimos para evitarlo. Por otro lado, cuanto más duras sean las cargas que nos impongamos, menos gente va a seguirlas. A la mayoría no le gustan las cosas que duelen. Por eso no reeligen a los que se las imponen.

­¿Algún país sigue sus ideas?
­India tiene un muy pequeño impuesto al carbón con el que financia la investigación en energías verdes. No lo anunciaron con bombos y platillos pero están moviéndose en la dirección correcta porque saben que el calentamiento los va a afectar y entienden que el enfoque actual, decirle a la gente que no puede ganar más dinero porque hay que dejar los combustibles fósiles, sencillamente no es viable. Por eso, también creemos que muchas de las soluciones heterodoxas probablemente van a venir de las nuevas potencias emergentes.

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