La evaluación final del reciente accidente en la central Fukushima no ha concluido aún, pero es previsible anticipar que, por el peso de la opinión pública, se establezcan normas más rigurosas y se reduzca, por lo menos en el futuro inmediato, el actual ritmo de expansión de la energía nuclear

Alieto Aldo Guadagni
Para LA NACION

La nucleoelectricidad comenzó a extenderse como fuente de suministro energético a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, constituyéndose rápidamente en un ejemplo de la utilización “pacífica” de los grandes avances en los conocimientos de la actividad atómica. Pero, en 1979, la confianza pública sobre la seguridad de esta nueva fuente energética sufrió un duro golpe por el accidente en la central nuclear de Three Mile Island (Estados Unidos); menos de una década después, se registró en Ucrania, en 1986, otro accidente aún más grave, el de Chernobyl.

La respuesta de los gobiernos fue rápida y en muchas naciones europeas y también en Estados Unidos se establecieron normas de seguridad más estrictas o directamente se decretaron moratorias nucleares (Italia y Suecia). Esos accidentes fueron quedando atrás y, desde hace más de una década, el mundo vive una era de pujante “renacimiento nuclear”, estimulada por los mayores precios de los hidrocarburos y por la creciente lejanía de Chernobyl en la memoria colectiva. Lideraron este renacimiento Estados Unidos, Francia y Japón: la mitad de los 450 reactores nucleares hoy existentes en el mundo están en alguno de estos tres países. Este renacimiento nuclear significó no sólo más centrales, sino también avances tecnológicos y mejores normas para minimizar los riesgos de accidentes. Más del 70% de la energía eléctrica en Francia es de origen nuclear; en Japón, casi la tercera parte; y en Estados Unidos, el 20%. Se trata de cifras altas en estos países si se tiene en cuenta que la electricidad generada por vía nuclear representa apenas el 15% del total mundial.

Antes del reciente accidente de la planta Fukushima existían iniciativas para construir 60 plantas nuevas, 40 de ellas en Asia y diez en Rusia. China tenía una meta ambiciosa, ya que añadirían 27 plantas nuevas a las 13 allí existentes. En América latina, el desarrollo nuclear es aún modesto: tres plantas en Brasil, tres en México y dos en la Argentina (en los próximos meses se habilitará una tercera, denominada Atucha 2). Si bien la Argentina tiene una larga tradición nuclear de más de medio siglo, la generación nucleoeléctrica es reducida: 7% del total de energía eléctrica, mientras la hidroelectricidad satisface casi el 40% del consumo total, y los combustibles fósiles, más de la mitad.

La evaluación final del reciente accidente en la central Fukushima no ha concluido aún, pero es previsible anticipar que, por el peso de la opinión pública, se establezcan normas más rigurosas y se reduzca, por lo menos en el futuro inmediato, el actual ritmo de expansión de la energía nuclear.

No todos los países afrontarán este nuevo escenario de la misma manera. Rusia podrá recurrir a su abundante gas, Estados Unidos tiene carbón y ahora también mucho más gas; China posee grandes reservas de carbón. Pero grandes consumidores como Europa y Japón no poseen recursos fósiles, y es razonable pensar que en el futuro crecerán sus costos por importar energía.

Lo mismo ocurrirá en nuestro país, donde por vez primera en toda su historia cae sin pausa, mes tras mes, la producción de hidrocarburos, debido a que la exploración cayó hoy a la tercera parte de su nivel histórico. Los mayores precios previsibles para las energías de origen fósil tenderán así a estimular, vía mayor competitividad relativa, diversas formas de energía renovable, pero no parece que el balance neto vaya a ser el necesario para controlar eficazmente la grave amenaza del cambio climático.

La importante cuestión por definir es si el previsible aunque temporario retroceso nuclear -que, recordemos, es una energía limpia en términos de emisiones de dióxido de carbono (CO2)- será cubierto por otras energías limpias o por más consumo de carbón, petróleo y gas, que son fósiles contaminantes. Mientras las energías fósiles sigan como hasta ahora, sin incorporar como costo financiero adicional la contaminación que generan, será difícil que sean desplazadas por las energías limpias, que en general tienen costos financieros mayores, pero no contaminan. Es oportuno recordar que el gobierno nacional está construyendo, en Río Turbio, una costosa central eléctrica altamente contaminante con una inversión que es el doble de la normal en centrales similares. Como señala Greenpeace, “se podría obtener el doble de la energía eléctrica mediante molinos eólicos con la misma inversión que requiere la usina de Río Turbio”.

El Departamento de Energía de Estados Unidos estimó recientemente que si seguimos como hasta ahora, sin compromisos mundiales y efectivos de reducción de la contaminación global, las actuales emisiones anuales de CO2, de alrededor de 30.000 millones de toneladas, treparán a 43.000 millones hacia el año 2035. Estas emisiones anuales, lamentablemente, serían muy superiores al nivel máximo de emisiones coincidente con un incremento de la temperatura global que no supere los 2 grados centígrados. Por su parte, la Agencia Internacional de Energía informa que para preservar el planeta de los riesgos climáticos asociados con estas emisiones, éstas no deberían superar anualmente los 22.000 millones de toneladas.

En este escenario, límite crítico a la concentración de gases en la atmósfera, y diseñado previamente a este grave accidente en la central de Fukushima, la energía nuclear jugaba un importante papel, ya que, según las estimaciones, se esperaba que duplicara hacia 2035 su importancia relativa en el consumo de energía mundial, junto con un crecimiento de las renovables y una caída de las fósiles.

Todas estas estimaciones deberán ahora probablemente ser revisadas, pero esperemos que la previsible pausa nuclear no signifique agravar el cambio climático. Lo más sensato sería sustituir la merma previsible en la energía nuclear no sólo con energías limpias, sino, principalmente, con una mayor conservación y eficiencia en el consumo de todas las formas de energía; aquí hay aún mucho por hacer.

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El autor fue secretario de Energía de la Nación

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