Nuestro país ya no se autoabastece y depende explosivamente de las compras. Al Gobierno no le importa un tema que debe ser parte de la agenda del próximo.

Por Jorge Lapeña
Ex Secretario de Energía

Argentina ha perdido su condición de país autoabastecido en materia energética; las proyecciones del balance comercial del sector energético para cuando Cristina Kirchner entregue el gobierno a su sucesor en diciembre de 2011 indican que el valor anual de las importaciones superará a de las exportaciones en unos 1000 millones de u$s.

Esta cifra debe ser analizada en su probable evolución a la luz de la dinámica de este sector. El saldo de balanza comercial era positivo en unos 5500 millones de u$s en 2006; sin embargo, poseía una pronunciada tendencia decreciente y en el año en curso se convirtió en fuertemente negativo. Las exportaciones se han reducido en estos años con un ritmo del 10% anual; las importaciones han crecido con un rimo impactante del 34 % anual.

La condición de autosuficiencia energética es una condición mundialmente apreciada: el país que la exhibe es menos vulnerable ante situaciones extremas que siempre pueden suceder en el mercado mundial, incluso de tipo bélicas. También se está menos expuesto al pago de rentas extraordinarias a los países productores que son usuales en mercados tan cartelizados y poco transparentes como el del petróleo. Además un país dependiente de las importaciones debe generar dólares con su comercio exterior para pagar la factura energética. El autoabastecimiento ha sido un objetivo nacional largamente perseguido por los gobiernos argentinos desde el descubrimiento del petróleo en 1907. Esa condición – con el esfuerzo de todos- se alcanzó finalmente en el año 1989.

Ese logro fue posible por la conjunción de factores políticos; institucionales y técnicos: 1) la existencia de una política nacional permanente; 2) el descubrimiento por YPF de las grandes reservas de gas natural en las décadas del 70 y el 80; 3) la existencia de YPF y Gas del Estado como pilares fundamentales de la organización del sector y la ejecución de las políticas nacionales; y 4) el incremento sostenido de la producción nacional de hidrocarburos en un marco de inversión creciente.

La situación en 2011 es inversa: sin política nacional, sin reservas de gas natural, con producción doméstica en baja y sin empresas nacionales comprometidas con el logro del objetivo del autoabastecimiento, todo indica que el proceso de dependencia tenderá a profundizarse. En los ocho años de gobierno que termina nunca el problema formó parte de las preocupaciones ni los discursos gubernamentales.

Algunos datos nos permiten plantear un problema complejo de forma simple: la energía primaria en Argentina crece con un ritmo de largo plazo similar al crecimiento del PBI; es una natural aspiración que los argentinos nos planteemos crecer con un ritmo que nos permita superar nuestros déficits crónicos, en particular la pobreza y las desigualdades y nos lleve al pleno empleo; ese crecimiento requiere un incremento constante de la oferta energética, sea esta de producción doméstica o importada.

Sin embargo, nuestra producción de hidrocarburos (el petróleo y el gas representan casi el 90% de toda la energía primaria consumida) decrece en aproximadamente un 2,0% anual; por otra parte nuestra demanda interna de hidrocarburos (naftas, gas oil y fuel oil) se incrementa año a año con una tasa cercana al 4,5% anual. Una vez agotados los saldos exportables es lógico que el ajuste entre oferta y demanda se haga con importaciones crecientes.

Una particularidad es que estas importaciones crecen con tasas espectaculares y ello nos plantea preguntas que deberían tener respuestas concretas: 1) ¿las facilidades de importación están construidas?; 2) ¿cuánto durará la necesidad de importar?; 3) ¿la importación es una cuestión coyuntural o es estructural y vino para quedarse?; 4) ¿estamos haciendo las compras en condiciones óptimas o -al menos- satisfactorias?

La respuesta a esas preguntas es que la importación en Argentina vino para quedarse y su ritmo de crecimiento en los próximos años será explosivamente creciente. Una estimación de cantidades de importación de todos los combustibles puede alcanzar 25 millones de toneladas equivalentes de petróleo anuales a fin de la presente década; esta cantidad valorizada al costo de adquisición del gas natural (criterio conservador) asciende a unos 10.000 millones de u$s anuales. Esto significa que el problema de la importación es estructural y tendrá gran impacto en la economía del sector energético.

En cuanto a las facilidades de importación (gasoductos, puertos; plantas de almacenaje y regasificación de GNL), de las cantidades que el país requiere importar en los próximos 10 años no están ni construidas ni adecuadamente planificadas para el largo plazo. Existen superposiciones entre los proyectos y no aseguran importaciones a costo mínimo. En cuanto a las compras en sí, que hoy se realizan con contratos de corto plazo, existen dudas respecto de que se estén obteniendo los precios adecuados y condiciones verdaderamente competitivas. Sobre este punto me interesa destacar que un volumen de importación como el mencionado, si no estuviera correctamente organizado y regulado, podría ser un foco donde anidara la corruptela y la corrupción.

En resumen, estamos ante un problema cuya importancia aumentará en el corto y mediano plazo y cuya resolución adecuada debe formar parte de la agenda gubernamental del período 2011-2015. Correlativamente un nuevo tema debe entrar en agenda prioritaria: Argentina debe recuperar el autoabastecimiento energético perdido; debemos retomar con criterio moderno nuestras mejores tradiciones petroleras.

Ieco