Por Fernando Diez.- Días atrás supimos cuál era el nuevo plan nuclear de Alemania: cerrar todas sus centrales. Después del cataclismo nuclear de Fukushima, en marzo pasado, fueron cerradas las siete centrales alemanas menos confiables, pero ahora serán cerradas todas las demás antes de 2022, según comunicó Norbert Röttgen, ministro de Medio Ambiente.

Aunque haya desaparecido de los medios, el accidente de las centrales de Fukushima no termina, sino que sigue sucediendo, y es una demostración viva de la manera en que la civilización contemporánea sigue acercándose a lo que Paul Virilio llamó el “accidente total”. Es que a medida que los artificios humanos son más grandes, más veloces y más potentes, su colapso también produce mayores catástrofes. Es una lógica intrínseca a la mecánica del progreso tecnológico. Los desgraciados acontecimientos de Japón nos obligan a repensar la noción de “accidente” a medida que aumentan su complejidad, escala y capacidad destructiva. Una nueva “teoría del accidente” tal vez sea necesaria para comprender el riesgo a que nos entregamos antes de conocerlo en los hechos. Recordemos que “accidente” es un concepto eminentemente subjetivo, en tanto alude a un acontecimiento que no se creía probable. La negación psicológica es su necesaria precondición. Así, el accidente será tanto mayor cuanto más neguemos la naturaleza riesgosa de nuestros logros tecnológicos, dejándonos seducir por sus aspectos beneficiosos.

Nos enfrentamos ahora a una forma de negación colectiva que se construye sobre la aparente objetividad de la cifras, lo que podemos llamar la negación probabilística. De hecho, las centrales nucleares japonesas eran consideradas las más seguras, aunque ahora algunos expertos se han visto forzados a reconocer que no previeron que dos eventos tan desfavorables pudieran suceder simultáneamente, como ocurrió en Fukushima: “Haré un símil: en el mundo nuclear estaba todo previsto para que te tocase la lotería. También para que te tocara la primitiva [un juego de azar español]. Lo que no estaba previsto era que tocaran el mismo día la lotería y la primitiva. Parecía exagerado, pero se ha visto que no lo es”, dijo Antoni Gurguí, uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad Nuclear de España, a El País.

Esta forma de negación autorizada nos sorprende ahora que la catástrofe ya ha ocurrido, porque nos parece evidente que uno y otro evento, terremoto y tsunami, están relacionados. En Estados Unidos y otros países con centrales nucleares se realizan febriles revisiones de los planes de contingencia de las centrales en operación, aunque las respuestas de los expertos nos proveen de otro ejemplo de negación probabilística, donde las matemáticas dan aire científico al camuflaje numérico. Según reporta The New York Times: “Los reguladores de la seguridad nuclear de Estados Unidos, usando complejas técnicas matemáticas, determinaron que la falla simultánea de los dos sistemas de emergencia diseñados para prevenir una fusión en el combustible era tan improbable que sólo podría ocurrir una vez cada 17.000 años”. Claro que si dividimos ese número por las 450 centrales nucleares activas que hay en el mundo, eso podría suceder cada 40 años. O sea, ¡dos veces en nuestras vidas!

Hace apenas un año, la explosión de la plataforma petrolera y la rotura de la boca del pozo profundo que operaba British Petroleum en el Golfo de México produjeron el mayor accidente ambiental de los Estados Unidos, haciéndonos meditar sobre lo que entonces llamamos “accidente del tercer tipo” (La Nacion, 25/6/2010). En tanto la catástrofe natural puede considerarse el accidente del primer tipo, el fracaso de las construcciones artificiales dio lugar a los accidentes del segundo tipo, como naufragios y derrumbes. Pero ambos son accidentes que finalizan por sí mismos. Cuando el huracán, el terremoto o el derrumbe terminan, pueden curarse los heridos, enterrarse los muertos e iniciarse la reconstrucción. En cambio, el accidente del tercer tipo no termina, sino que sigue aconteciendo por un tiempo indefinido, como la fuga de petróleo del pozo del Golfo de México, que podía continuar por varios años. Aunque se la detuvo en unos “pocos” meses, el daño fue multibillonario y, en muchos aspectos, irreparable.

En el caso del accidente de Japón se dan al mismo tiempo las características de los tres tipos de accidentes. Pues se trata de una serie de acontecimientos en cadena, que en relación con sus efectos constituyen un único accidente de gran complejidad. El terremoto y posterior tsunami son accidentes naturales que desencadenaron la rotura de los sistemas de refrigeración y alimentación eléctrica de las centrales nucleares de Fukushima. Sin la continua refrigeración que requiere, el material nuclear se calentó, produciendo explosiones que destruyeron parte de los edificios y la liberación de partículas radiactivas que se propagaron a la atmósfera y el agua. La radiación nuclear produce una contaminación que no sólo es invisible; además, tiene la capacidad de asimilarse a todo lo que nos resulta vital: la tierra, el aire, el agua, los animales y los alimentos. Esa contaminación, absorbida por los vegetales, llega a los animales, incluso las vacas, en cuya leche ya no podríamos confiar. Este accidente, que no se detendrá por sí solo, tiene el potencial de contaminar el medio ambiente haciendo inhabitables provincias enteras no por años, sino por siglos.

El accidente en cadena, sin embargo, no es nuevo. El gran apagón eléctrico que en 1965 dejó sin luz a catorce estados del nordeste de Estados Unidos fue una reacción en cadena de la protección automática de sobrecarga eléctrica. El apagón de Nueva York del 13 y el 14 de julio de 1977 tuvo un origen similar, pero el accidente técnico desató un “accidente” social: la cadena de quemas y saqueos que asolaron 31 barrios de la ciudad.

Después del terremoto de Japón, la disciplina social de los japoneses fue un factor que los medios argentinos subrayaron. Sin embargo, no parece conveniente analizar los eventos en Japón como varios accidentes aislados del primero, segundo y tercer tipo. Parece más prudente entenderlo como un único accidente, cuya intrínseca cadena causal ya estaba escrita en un riesgo potencial difícil de anticipar.

El accidente de Japón no cesa de acontecer, aunque hayan cesado sus causas. Las centrales nucleares son dispositivos inestables y, a diferencia de la mayoría de las máquinas del siglo XX, su estabilidad depende de una continua asistencia. Pueden colapsar no sólo porque hagamos algo errado, sino también por simple inacción. La interrupción por apenas unas horas de la refrigeración del combustible radiactivo produce un accidente que puede durar siglos. Incluso el combustible ya gastado debe almacenarse por un tiempo indefinido en estas condiciones inestables. Una fragilidad inherente, que es propicia para el accidente en cadena. Podemos considerar el riesgo de cada uno de los cada vez más complejos artificios modernos por separado y tranquilizarnos mediante la negación probabilística. Cuando empezamos a olvidar Fukushima, comenzamos a tomar ese camino. Alemania ha decidido no hacerse la distraída. Tal vez, porque ha advertido que el riesgo combinado del accidente en cadena es mucho más imprevisible de lo que estamos dispuestos a aceptar.

*El autor es doctor en Arquitectura y profesor de la Universidad de Palermo

La Nacion