“… el comercio de mercancías implica unas condiciones contradictorias
 y mutuamente excluyentes. El mayor desarrollo de la mercancía no elimina
estas contradicciones, sino que provee la forma dentro de la cual tendrán
espacio para moverse.” Karl Marx, El Capital I, 198

Por Larry Lohmann

Los empresarios del clima, además de buscar y explorar nuevas fuentes de mano de obra barata y materias primas, y trabajar para estimular la demanda de los productos de sus incansables inversiones, siempre han tratado de que sus negocios se beneficien –con ayuda del gobierno– de las crisis que ellos mismos han creado.

En los Estados Unidos de inicios del siglo XX, por ejemplo, las protestas de trabajadores impulsaron la creación de una economía fordista organizada alrededor de una producción en masa rentable de bienes salariales (wage goods) baratos –una economía que, para el fin del siglo, dependía cada vez más de la explotación de la mano de obra barata en lugares como el norte de México y las nuevas ciudades industrializadas de la costa de China. Las nuevas incertidumbres en los negocios, creadas por la liberalización y globalización post años 70, se volvió una oportunidad de nuevas opciones de tasas de interés y mercados de derivados crediticios (en inglés derivatives), cuya liquidez dependía de la participación de los especuladores de Wall Street y City of London (Li Puma y Lee 2004).

La oposición a la destrucción de los hábitats ha provisto, mientras tanto, la ocasión para que los mismos actores creen nuevas “áreas protegidas”. Así mismo, la preocupación social sobre los efectos nocivos del tipo de comercio de empresas como Wal-Mart o Starbucks es parcialmente convertido en una demanda de productos de consumo “verdes”, que son suministrados por las mismas compañías. En suma, si fenómenos como el cambio climático no existiesen ya, las corporaciones privadas tendrían que inventarlos para obtener nuevas fuentes de beneficios.

El mismo punto en la jerga de la economía convencional: en palabras del banquero inversionista Robert Monks, las corporaciones exitosas siempre han sido “máquinas externalizadoras” (citado en Bakan 2004:70), que han descargado sobre la sociedad la contaminación, la degradación de tierras y otros costos de producción. Efectivamente, según el académico Timothy Mitchell, los mercados “no serían posibles si las personas fueran responsables de cada costo” (Mitchell 2020:290). Sin embargo, los varios problemas y crisis que los negocios descargan sobre la sociedad, una vez que son hechos “visibles” al mercado a través de señales de precios, pueden estimular soluciones que son, ellas mismas, mercancías que las compañías pueden vender para beneficiarse. La biodiversidad, por ejemplo, o vertederos de contaminación sobrecargados pueden ser transformados en “servicios ambientales” abstractos y comercializables, por los cuales se cobra una tarifa.

Los economistas de negocios y ambientales aseguran, a veces, que esta “internalización de las externalidades” no sólo será rentable sino que puede transformar el comercio en una forma de conservación ambiental o incluso en un régimen de bienes comunes (Barnes 2006; cf. Caffentzis 2004). Al incentivar a los actores del mercado para que tengan en cuenta la sobrevivencia y prosperidad humana, se argumenta que los nuevos servicios ambientales harán que el capitalismo sea “sostenible”.

[Descargar artículo completo]

The Corner House