Por Guy Chazan  | The Wall Street Journal Americas

Las grandes petroleras privadas occidentales dibujan un nuevo mapa global del crudo.

Durante décadas, extrajeron petróleo de países en vías de desarrollo, lugares como el Golfo Pérsico y las arenas desérticas del Norte de África, el Delta del Níger y el Mar Caspio. En los últimos años, no obstante, el enfoque geográfico ha cambiado radicalmente. Los gigantes occidentales ahora buscan cada vez más suministros en los países ricos y desarrollados, un giro que podría tener grandes implicaciones para la industria, la política internacional y los consumidores.

El motor detrás del cambio es el auge de las fuentes no convencionales de energía, como el gas de esquisto y las arenas petroleras cuya extracción alguna vez se consideró excesivamente complicada y costosa, pero que ahora están siendo ex-plotadas a una escala sin precedentes, desde Australia a Canadá.

Estados Unidos está a la vanguardia de la revolución de la energía no convencional. Para 2020, las fuentes de esquisto equivaldrán a cerca de 33% de la producción total de gas y petróleo en ese país, según PFC Energy. En menos de una década, EE.UU. será el principal productor de crudo y gas, sobrepasando a Rusia y Arabia Saudita, predice la consultora de Washington.

Esto podría tener ramificaciones de largo alcance. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) podría perder influencia a manos de los países del hemisferio occidental.

Si se llega a producir más crudo en América del Norte, también disminuye la probabilidad de que una crisis política en Medio Oriente interrumpa el suministro de crudo y dispare el precio de la gasolina. Los consumidores, asimismo, se podrían beneficiar de una reducción en los precios de la electricidad, a medida que las plantas de energía pasan del carbón al gas natural, que es más barato y abundante.

El cambio está reconfigurando a las propias petroleras, que reasignan sus vastos recursos a nuevas áreas y nuevas clases de combustible.

Trabajar en las economías desarrolladas, con sus sistemas tributarios más predecibles y políticas que promueven la inversión, elimina parte del riesgo. De esta forma serían menos vulnerables a brotes nacionalistas de petroestados como Rusia y Venezuela. “Una compañía como Exxon Mobil puede eliminar el riesgo tecnológico” de desarrollar energía no convencional, dice Amy Myers Jaffe, asesora energética del Instituto Baker, de la Universidad Rice. “Pero no puede eliminar el riesgo de un Vladimir Putin o un Hugo Chávez”.

Esta nueva manera de evaluar el riesgo es el eje de la transformación. Las multinacionales petroleras enfrentan tradicionalmente un dilema: pueden invertir en petróleo que es fácil de extraer pero está localizado en países con sistemas políticos volátiles, o pueden buscar oportunidades en países estables donde la extracción exige técnicas de producción caras y complejas.

De alguna forma, la decisión ha sido tomada por ellos. Los gigantescos yacimientos frente a las costas de las provincias más prolíficas en hidrocarburos son territorio exclusivo de las petroleras estatales como la saudita Saudi Aramco, las rusas OAO Rosneft y OAO Gazprom así como Petróleo Brasileiro SA, más conocida como Petrobras. Para empresas privadas como Royal Dutch Shell PLC y BP PLC, sus antiguos bastiones en las arenas del Golfo Pérsico están fuera de su alcance.

Tras perder el acceso a Medio Oriente, las petroleras occidentales incursionaron en nuevas áreas, tanto geográficas como tecnológicas. Durante las últimas décadas han construido grandes plantas para producir gas natural licuado y perforado en aguas cada vez más profundas y alejadas de la costa; han extraído crudo de las arenas bituminosas de Alberta, Canadá, y desplegado tecnología de punta como la fracturación hidráulica y la perforación horizontal para extraer gas de rocas de esquisto. La consultora Wood Mackenzie calcula que más de la mitad de las inversiones a largo plazo de las energéticas internacionales está dirigiéndose hacia estos cuatro recursos, un cambio radical.

La nueva estrategia, sin embargo, también tiene sus desventajas.

Los ecologistas, por ejemplo, se oponen férreamente a la extracción de gas de esquisto debido a que la fracturación puede contaminar fuentes de agua; a la industria de las arenas petroleras debido a que requiere de mucha energía y genera muchos desperdicios y a la perforación en aguas profundas debido al riesgo de derrames como el desastre en el Golfo de México el año pasado.

También existen consideraciones financieras. Mientras que el desarrollo de los activos convencionales es relativamente fácil y ha ofrecido buenos retornos, los proyectos en sectores con mayores dificultades técnicas, como las aguas profundas, demoran más y son más costosos, lo que significa que rinden menos, aunque ofrecen un flujo de caja más estable.

El énfasis en los combustibles no tradicionales, ata más estrechamente las fortunas de las petroleras con las naciones de-sarrolladas que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Wood Mackenzie estima que US$1,7 billones (millones de millones) del valor futuro de todas las petroleras del mundo, 52% del total, está en América del Norte, Europa y Australia.

La firma ha identificado un “cambio significativo hacia Occidente” en la inversión petrolera, desde áreas como el Norte de África y Medio Oriente hacia “las costas brasileñas, las aguas profundas del Golfo de México, África Occidental y gas y crudo no convencional en América del Norte”. A ello hay que sumar a Australia, que estaría “en las etapas iniciales de un crecimiento espectacular”.

Hace siete años, Shell decidió dedicar más recursos hacia los países desarrollados. La compañía solía distribuir su gasto en exploración y producción de petróleo y gas en partes iguales entre países dentro y fuera de la OCDE. Ahora, los desarrollados, en especial Canadá y Australia, acaparan 70% del gasto del conglomerado. “Los riesgos en la OCDE son técni-cos, pero son más fáciles de manejar que el riesgo político”, explica Simon Henry, director de finanzas de Shell.

Al igual que Shell, la estadounidense Exxon Mobil Corp. ha fortalecido su posición en el continente americano, donde tiene la mitad de su base de recursos. Sus fuentes no convencionales han crecido casi 90% durante los últimos cinco años a 35.000 millones de barriles equivalentes de petróleo, en parte gracias a su adquisición en 2010 de XTO Energy, un actor importante en el sector de gas de esquisto. Se espera que la producción no convencional de Exxon en EE.UU. se duplique en la próxima década.

Chevron Corp. por su parte, se ha concentrado en el Golfo de México, África Occidental y las aguas de la parte occidental de Australia.

Esto no significa que la estrategia esté exenta de problemas.

El conflicto de los últimos días entre Chevron y el gobierno brasileño en torno al derrame de crudo frente al litoral de Rio de Janeiro es un ejemplo.

No es el único. Los operadores en el Mar del Norte se sorprendieron cuando el Reino Unido subió abruptamente los impuestos a los productores de petróleo. En Francia, las autoridades recientemente prohibieron la fracturación hidráulica y en EE.UU. la moratoria en la perforación en el Golfo de México tras el desastre de BP desbarató muchos planes.

De todas formas, el riesgo es mayor fuera de los países occidentales. “Las principales compañías fueron a Venezuela y sus propiedades fueron confiscadas. Yo apostaría por empresas que tienen 70% de su gasto en la OCDE”, concluye Myers Jaffe, la analista del Instituto Baker.

La Nación